#Opinión Por qué Maduro prefiere la crisis y el caos Por Javier Corrales

Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela, dio un discurso durante su campaña electoral en La Guaira, el 2 de mayo de 2018. CreditCarlos García Rawlins/Reuters

AMHERST, Massachusetts — Una revolución bolchevique —con matices tropicales— está en marcha cerca de nuestras costas. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, está usando toda su autoridad para diezmar lo poco que queda de la resistencia a su socialismo extremista. Tal como hizo el líder soviético Vladimir Lenin en octubre de 1917, en esta etapa de la revolución Maduro se propone librar una campaña final contra todos salvo sus aliados más radicales.

Recientemente, la mayoría de las noticias que salen de Venezuela cuentan la extraordinaria crisis económica del país. Algunos analistas tratan la crisis como un caso de influenza: algo que la nación contrajo sin culpa suya. Sin embargo, esta crisis o —más bien— su larga duración, no es un accidente. Se trata de un diseño revolucionario.

La devastación de los últimos cuatro años no puede ponerse en palabras. Al registrar la inflación más alta del mundo junto con una recesión que ha contraído la economía en casi el 50 por ciento desde 2013, Venezuela se ha convertido en el primer país en décadas en hacer una transición de nación de ingresos medios a una de ingresos mínimos —o casi inexistentes—.

Sin embargo, el aspecto más vergonzoso de la crisis es la indiferencia del gobierno. La principal respuesta gubernamental, bautizada como el “paquete rojo”, no incluye nada más que devaluar la moneda casi un 95 por ciento, redenominar los nuevos billetes al quitarles cinco ceros y vincular el nuevo bolívar soberano al petro, una criptomoneda no transable y que nadie utiliza. Estas medidas son una redecoración inútil. Hasta los economistas más indulgentes con el gobierno están poco impresionados.

Si acaso, el gobierno está empeorando la crisis al aumentar el precio de la gasolina a precios internacionales, restringir todavía más la importación de alimentos y medicinas, decretar más controles de precios y subir impuestos en medio de una recesión. Los gobiernos y las organizaciones internacionales ofrecen ayuda humanitaria, pero Maduro la rechaza. El gobierno se cruza de brazos mientras el hambre y las enfermedades se propagan.

Esta indiferencia sugiere una intencionalidad. Es fácil ver la causa. Un gobierno extremista como el de Maduro prefiere la devastación económica a la recuperación porque la miseria destruye a la sociedad civil y, con ella, toda posibilidad de resistir la tiranía.

Cuando las condiciones económicas se deterioran, los ciudadanos a menudo optan por la protesta. Pero cuando las condiciones económicas decaen a tal grado que hacen que las clases medias vivan con menos de dos dólares al mes (menos que en Haití) y diseminan condiciones cercanas a la hambruna, la mejor opción es arreglárselas como uno pueda o irse del país. Si a esta receta añadimos la represión, el resultado es un éxodo de al menos el 7 por ciento de la población, el más grande en el continente americano desde la década de los ochenta.

La privación económica, aunada a la represión, cambia los incentivos de la participación política por el exilio político. Esto es lo que Maduro ve con buenos ojos: la asfixia de la resistencia, tal como Lenin quiso. Es la razón por la que Maduro ha permitido que la crisis continúe por tanto tiempo.

El 25 de mayo de 1919, Lenin pronunció un discurso en la Plaza Roja de Moscú. CreditFotokhronika Tass

Claro está que ningún acontecimiento es una réplica exacta de sus antecesores. La revolución de Maduro no es enteramente un bolchevismo revivido. Maduro no está tratando de derrocar a un gobierno existente, sino de consolidar un régimen viejo, anticuado y odiado. Maduro no lleva a cabo matanzas sistemáticas, aunque usa la represión sin remordimientos. Y lo más importante, los ciudadanos ordinarios o sóviets no se están levantando de la mano del Estado para impulsar más el extremismo.

El extremismo de Maduro es ejercido exclusivamente por el Estado. En ese sentido, toma como referencia otra campaña tropical también inspirada en el bolchevismo: la famosa Ofensiva Revolucionaria de Cuba en 1968. Esta fue una campaña de Fidel Castro, a nueve años de iniciado su gobierno, para nacionalizar lo poco que quedaba del sector privado. Castro confiscó 55.636 pequeñas empresas, incluyendo la mayoría de los proveedores de alimentos y granjas semiprivadas. Fidel quería acabar con las ganancias privadas y establecer un absoluto monopolio estatal sobre la distribución de los alimentos. La meta era hacer a los ciudadanos más dependientes del Estado.

Del mismo modo, Maduro está usando la miseria económica para extinguir lo poco que queda del sector privado en Venezuela y expandir el control estatal. Ya expandió el control estatal de la distribución de los alimentos al entregar “carnets de la patria”, que se reparten principalmente entre leales al régimen. Decretó un aumento del 3000 por ciento a los salarios mínimos, que resulta insuficiente para permitir a los trabajadores ajustarse a la hiperinflación, pero que es imposible de costear para los pequeños empleadores y empresarios, que ya están en apuros económicos debido a la recesión, los controles de precios, la falta de dólares y los continuos apagones. Desde que se anunció el paquete rojo, las autoridades han detenido a 131 personas acusadas de sabotaje, principalmente a gerentes de cadenas minoristas. Hoy, la industria privada de Venezuela opera al diez por ciento de la capacidad que tenía hace veinte años, cuando esta revolución comenzó. Hasta los restaurantes McDonald’s están cerrando.

No obstante, el modelo de Maduro tampoco es una réplica exacta de la Ofensiva de Fidel. Maduro todavía permite que algunos actores privados amasen riquezas, aun cuando lo hacen a través de actividades ilícitas o consiguiendo acceso al dólar barato que el gobierno siempre está dispuesto a ofrecer, legalmente, a sus compinches.

Además, existen elementos innatos que hacen que la revolución de Maduro sea más idiosincrásica que imitadora. Tal vez el elemento más idiosincrásico es el colapso del sector petrolero en manos del Estado. Las exportaciones de petróleo constituyen la única fuente de dólares de la revolución, aparte del endeudamiento. No obstante, la industria petrolera venezolana ha venido sufriendo un declive crónico en la productividad durante los últimos quince años. Con Maduro, dicho declive se aceleró. A pesar de la recuperación en el precio del petróleo a partir de 2016, la producción de Venezuela se ha estrellado y ha disminuido en más del 40 por ciento en dos años. La mayoría del resto de los productores importantes de petróleo han expandido su producción o permanecido estables.

Dejar que la única gallina de los huevos de oro de la revolución se derrumbara es una característica que lleva el sello de Maduro. No existe ningún antecedente histórico de una herida autoinfligida tan mortal como esta, ni en la Rusia soviética ni en la Cuba comunista ni en ningún petro-Estado en paz y abierto al comercio.

Fidel Castro se dirige a los cubanos en 1970, después del inicio de la gran zafra de los diez millones de azúcar.CreditPrensa Latina/Reuters

Es difícil argumentar que la negligencia de Maduro hacia su joya de la corona es intencional, debido a que su víctima más directa es él mismo. Esta negligencia sugiere que el gobierno de Maduro también es inepto.

Los analistas debaten si la debacle económica del país es resultado de la premeditación o la incompetencia. En muchos sentidos, este es un falso debate. Se debe a ambas cosas. El extremismo produce y necesita caos, y el caos a su vez aumenta las posibilidades de errores garrafales por parte del Estado.

Tan graves son los errores de Maduro en materia petrolera que le ha tocado a gente de su propio partido político tomar cartas en el asunto. La Asamblea Nacional Constituyente —electa ilegítimamente en 2017 y compuesta exclusivamente de maduristas— está considerando tomar medidas correctivas en el sector petrolero para permitir una mayor apertura petrolera. Pero mientras debaten, el ejecutivo sigue sin actuar para revertir el derrumbe petrolero.

En circunstancias normales, el caos económico socava a cualquier gobierno. Todavía puede poner en riesgo al régimen de Maduro en la medida que se propague el descontento, no ya entre los opositores, sino en las filas de su gobierno. Ya sabemos, por evidencia indirecta pero inequívoca, que el malestar dentro del gobierno crece: este año Maduro ha aumentado la represión hacia el ejército y a exfuncionarios gubernamentales.

En agosto de 2018, una mujer pasa por una tienda cerrada con un grafiti en contra del gobierno de Maduro.CreditMeridith Kohut para The New York Times

Pese a estos riesgos, Maduro se ha inclinado por el caos y no por la recuperación, porque cuando el caos alcanza proporciones inhumanas, como ha sucedido en Venezuela desde 2015, es más probable que diezme a la oposición que al gobierno. Y si el gobierno aplica la represión con eficacia, en especial dentro de sus filas, tiene una posibilidad de sobrevivir mientras sus enemigos —dentro y fuera de la revolución— languidecen por miseria o huyen del país.

El caos, ya sea intencional o accidental, puede ser funcional para los Estados extremistas. Por tal motivo, no deberíamos contar con que el gobierno extremista de Maduro haga algo mínimamente prometedor para detener el descenso de Venezuela al infierno.

 

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#Excelente: Diario El País Reportaje Éxodo Venezolano Capítulo 1: Llegar al Otro Lado Como sea

La Migración venezolana desborda a los Gobiernos de América Latina

Carrera contrarreloj para cruzar la próxima frontera antes de que pidan el pasaporte

Miles de venezolanos aceleran su paso por Ecuador hacia Perú en un intento de cruzar la frontera antes de que este sábado entrara en vigor la exigencia del documento

 

SARA ESPAÑA

  • Twitter @SaraEspana
Guayaquil 

Lo único importante en esta carrera es llegar al otro lado. Como sea. A pie, en bus o en autostop. Mirar atrás no es una opción. La escasez en Venezuela inscribió en una contrarreloj de una semana a quienes buscan un nuevo comienzo fuera de casa. Ecuador impuso el pasado fin de semana la exigencia de pasaporte a los venezolanos para entrar en su territorio. Perú sigue sus pasos y ha impuesto el documento a partir de este sábado. Como pretendían llegar al otro lado, a Perú, antes de que el nuevo requisito entrara en vigor, las prisas han acompañado a los venezolanos durante los 844 kilómetros de carretera, frío, hambre, sed, cansancio, hartazgo y desesperación para atravesar el territorio ecuatoriano de norte a sur.

Cientos de venezolanos se lanzaron esta semana a la desesperada, tras cuatro días atascados en la frontera con Colombia, a través de rutas irregulares y sin documentación en regla. “Ya no estaban aceptando la carta andina de migración. Estaba asustado. Pensé que me iban a deportar y me metí por unos caminos verdes. Caminé unos tres kilómetros solo, de noche. Estaba asustado. Si no llegaba, todo lo dejaba en manos de Dios”, cuenta Nanrroy Yépez, un joven muy flaco y alto, de 24 años. Tiene el cuerpo lleno de tatuajes porque dice que le encantan. De no ser por la crisis de Venezuela, habría sido tatuador o diseñador gráfico. Pero sus planes se quedaron en su país con su padre. El miércoles tenía un billete de bus para ir desde Guayaquil, al sur de Ecuador, hasta la frontera con Perú.

Es uno de los más de 4.000 venezolanos que están entrando y saliendo cada día de Ecuador. En lo que va de año, han llegado al país casi medio millón y se han quedado unos 72.000. Por eso, se endurecieron los requisitos en Migración y se declararon en emergencia tres provincias para atender cualquier complicación. Desde la exigencia del pasaporte, apenas se acercan a las ventanillas de migración en Rumichaca, en la frontera norte, 20 o 30 personas al día. Los venezolanos siguen cruzando por pasos irregulares. Además, Ecuador ha dispuesto 30 autobuses para agilizar el transporte de quienes avanzan hasta el sur del país y para evitar cualquier complicación en el trayecto.

A Mireylis Sánchez, de 25 años, la estafaron al cruzar desde Colombia, pese a que viajaba con un bebé de nueve meses y una niña de ocho años. “Mi esposo me había enviado 200 dólares por correo, pero no podía sacarlos sin pasaporte. Una mujer me ayudó y también me compró los boletos de bus. Le pagué, pero nunca me puso en la lista de pasajeros”, se lamenta. Su marido, Alexander Rodríguez, vendedor informal de comida, regresó desde Lima para buscarla e ir todos juntos el resto del trayecto. Tenían pasajes para Perú tres días antes del cierre de frontera.

Tener pasaporte no le sirvió de nada a Dileyni Mirelles, de 25 años. Viajaba con dos de sus tres hijos, pero Migración no le aceptó las partidas de nacimiento porque estaban deterioradas. Aun así, la cocinera se arriesgó a avanzar como irregular. Esperaba llegar el jueves por la mañana a Perú para evitar encontrarse con el mismo problema.

Un ciudadano venezolano se asea en el refugio de Hogar de Cristo de Guayaquil.
Un ciudadano venezolano se asea en el refugio de Hogar de Cristo de Guayaquil. BOLIVAR PARRA

La estación de autobuses de Guayaquil es casi paso obligado para quienes atraviesan Ecuador de punta a punta. Cada día llegan entre 800 y 1.000 venezolanos. El 90% vuelve a irse en autobús. Como Enyerveth Barreto, de 20 años. Tiene el ticket en la mano, los ojos llorosos y el comprobante de al menos seis maletas. Le acompaña Hely Vilchez, de 45 años, que deja siete hijos en Venezuela a la espera de remesas.

Para atender a los viajeros de paso, el terminal terrestre ha cedido una sala en la que opera Cruz Roja. Desde el 9 de agosto, han pasado ya 1.300 personas, a razón de 100 diarias. “Pensábamos que, tras la exigencia de pasaporte, bajaría el número. Pero no. Hay muchos pasos irregulares”, reconoce Segundo Echanique, coordinador de Salud y Desarrollo Comunitario de la Cruz Roja.

La única condición para poder acudir a ese punto de ayuda es tener un billete de autobús ya comprado para salir del país. Si un venezolano tiene que esperar varias horas, es reconducido a un refugio temporal, dispuesto por la organización Hogar de Cristo, donde puede dormir, comer o ducharse. “Nuestra colaboración es la de facilitar la cooperación de otras instituciones, pero también brindar información e incluso coordinar con las empresas de autobús para que regalen pasajes a quienes no tienen dinero”, comenta Eduardo Salgado, gerente general de la Fundación Terminal Terrestre.

En la sala de espera, un nutrido grupo con abundante equipaje está pendiente del bus de las 23.00. Josvian Campos, de 28 años, Raúl Castro, de 20, Álvaro Centeno, de 18, Mariano Pérez, de 25, y Eucario Villalobos, de 36, parecen, a simple vista, varios amigos o familia en mudanza. Pero se conocieron hace cuatro días y se separaron horas después al llegar a Perú.

Recordar el sinnúmero de penurias que se viven en Venezuela les ayuda a compartir el trayecto que les conduce a un futuro que nunca habían previsto. Josvian trabajaba en Recursos Humanos antes de la crisis, Raúl era panadero, Álvaro, profesor de inglés, Mariano, ingeniero mecánico y Eucario, productor de eventos. “Y ahora, a lo que salga, ¿no?”, les pregunta una mujer que les acompaña. Ella no quiere identificarse porque viaja constantemente saliendo y entrando de Venezuela. Es de una agencia que organiza los viajes y va con los migrantes todo el periplo por 200 dólares. “Todos vienen con pasaporte. No habrá problema”, asegura. Uno de los jóvenes ironiza sobre lo difícil que resulta tener ese documento: “En mi país, no hay material para pasaportes, pero sí para el carné de la patria o del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela)”. Y saca de su cartera uno rojo, nuevo y brillante con el perfil de Hugo Chávez dibujado.