#OPINIÓN ¿Dónde quedaron mis derechos? por Antonio José Monagas @AJMonagas


Antonio José Monagas

El desorden nacional al que se ha llegado, luego de veinte años de presunta revolución bolivariana, es inaudito. Insólito. Ahora, el régimen enterrado bajo su propio peso, busca disculparse asomando excusas que no terminan de calzar con el tamaño de atrocidades que la indolencia gubernamental, permitió gracias a la impunidad que recrudeció a expensas de su complacencia.

Cada discurso presidencial asoma siempre el mismo tenor de forzadas justificaciones las cuales pretende convertirlas en razones verdaderas o de nimia verdad. Para ello, se vale de la hegemonía comunicacional para así cundir al país con mentiras de inusual tamaño. Sin embargo, la repetida secuela de escapatorias o coartadas que emplea el régimen para zafarse de la responsabilidad que viene hundiendo cada vez más su ya fracturada popularidad, es harta conocida por cualquier venezolano. Está saturado de escucharlas. Zumba en los oídos, cual mosquito de pueblo arrasado por el calor. 

Si no son los ataques diseñados desde el Imperio norteamericano, son los ensayos de golpe de Estado, los sabotajes o emboscadas del fascismo encubierto protagonizado por la oposición. El régimen, siempre tiene un pretexto para aludir a una situación de violencia inducida por una guerra interna imaginaria. Pero que consume recursos militares y fiscales. Aunque todo este panorama expone una apesadumbrada condición de clara ingobernabilidad, en el fondo no es difícil inferir un cuadro de espantosa calamidad pública. De colapso sistémico que hizo de Venezuela un país reventado. Un país extraviado en los anales de la geopolítica internacional. 

De manera que en medio de este maremágnum, el régimen persiste en achacarle la culpa a otro pues no es de generado por su ineptitud. Se la atribuye a factores foráneos de los cuales no sabe nada. Ni de su forma, tamaño, capacidad de fuerza o de su apresto operacional. Por justificar lo injustificable, cada discurso presidencial se pierde en vacilaciones que no apuntan a nada. Se las lleva el viento del norte. Posiblemente, rumbo al exilio cubano.

En todo caso, el problema sobre el cual ha venido fraguándose la gigantesca crisis de Estado cuya fuerza arrastra una crisis del tipo de acumulación (retenida en los bolsillos de unos pocos afectos al oficialismo) tanto como una crisis del tipo de dominación vigente (traducida en los métodos represivos empleados como patrón de sometimiento), reventó al país por los cuatro costados. 

Esta crisis que se resume en la aplicación forzada de un modelo de desarrollo anacrónico, asociado a esquemas trogloditas de crecimiento que dieron al traste la oferta que sirvió en 1998 para que el funesto militarismo alcanzara el poder, no pudo con las exigencias que el ejercicio de la política, de la ciudadanía y de las tecnologías sobre las cuales se depara la calidad de vida, determinaban como canales para una gestión plausible de gobierno. Que se correspondiera con las nuevas realidades que vendrían acompañando al siglo XXI. Ni siquiera porque la redacción de la Constitución de 1999, planteaba un nuevo pacto social de “revolucionarias” consideraciones.

Hoy día, la tremebunda gestión gubernamental que funcionó luego de 2013, apostó a su obesa (in)capacidad para sortear los derrapes propios de las contingencias del desarrollo económico y social. El financiamiento que reclamó dicho tiempo, fue desviado de su ruta. La corrupción, el extravío de recursos y la dinámica de una economía insuficientemente comprendida o profundamente desatendida, lograron que Venezuela se rompiera en tantas partes como problemas surgieron.

Uno de los que más perjuicios causaron, fuel el que acarreó el maltratado mantenimiento de los sistemas de potencia eléctrica. Más, por cuanto el régimen optó por considera su importancia “estratégica” razón por la cual decidió tenerlos bajo su conducción directa. De tal expropiación, no se salvó ninguna administradora o empresa distribuidora y canalizadora de energía eléctrica situada en el país. 

La dejadez del régimen fue absoluta. No cumplió con las expectativas de una nación que fue demandando mayores niveles de consumo de electricidad sin que la oferta pudiera convalidarse y compensarse. Por lo contrario, las centrales de energía, hidroeléctrica o térmica, comenzaron a afectarse tras la indolencia o la pasividad con la cual el régimen actuaba de espaldas a las correspondientes exigencias en la respectivas plantas de generación de electricidad. 

En la actualidad, la acumulación de problemas superó los límites de la despreocupación del oficialismo. Al extremo que por dicha negligencia, el país mutó al siglo XVIII cuando la electricidad era tan primitiva que de ella sólo se beneficiaban algunos. Y por cuotas. El país funciona hoy de igual modo. Los derechos se esfumaron. ¿O fue que los secuestraron? Gracias a la inacción de un régimen que al ofrecer más de la cuenta, hizo que el país perdiera su capacidad de adecentarse tal como es propio de un nuevo siglo movido por novedosas tecnologías de todo género y magnitud. 

Tristemente, debe reconocerse que los venezolanos quedaron sin mayores derechos. Ni siquiera los políticos, porque el régimen los confiscó para garantizar la usurpación, la corrupción y la expoliación de todo cuanto ha podido en beneficio de quienes están al mando de tan pérfido modelo de (des)construcción republicano. Hasta el concepto y praxis de democracia, lo despedazó hasta sus máximas consecuencias. De ahí que muchos venezolanos, con absoluta razón, se preguntan: entonces, ¿dónde quedaron mis derechos?

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